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El papa Francisco y el arcoíris.

  • 8 ago 2017
  • 2 Min. de lectura

Los titulares aluden en su mayoría a una rueda de prensa que concedió en junio de 2016 y, vistos en conjunto, confunden: “Francisco pide perdón a los gays”, “El papa dijo que la Iglesia Católica debería disculparse con los gays”, “El papa dice que los cristianos y la Iglesia deberían buscar el perdón de los homosexuales”… La manera como distintos medios desarrollan la noticia haciendo uso del condicional resalta la ambigüedad de sus palabras: “Aparentemente el papa podría estar diciendo que la Iglesia debe disculparse…”. Entonces, ¿pidió perdón o no? Las citas que conforman estos titulares —a veces reinterpretadas y reescritas enteramente, a veces transcritas con exactitud pero sacadas fuera de contexto—no parecen dar cuenta de un hecho sino de un deseo: que la Iglesia católica—institución que durante años ha condenado la homosexualidad; que incluso llegó a reclamar la hoguera para los homosexuales; que ha justificado la discriminación de los gays en los contratos de trabajo, en los alquileres de vivienda, en la contratación de profesores y entrenadores deportivos y, por supuesto, en la adopción de niños; que ha llegado a oponerse a la despenalización de la homosexualidad; y que ha pedido que no se dé ningún reconocimiento institucional al matrimonio igualitario— deje de condenar la homosexualidad y se responsabilice de la violencia física y moral que los homosexuales han sufrido a lo largo de los años por cuenta de sus dogmas y creencias.


Las palabras exactas del papa Francisco en esa rueda de prensa fueron las siguientes: “Creo que la Iglesia no sólo debe pedir disculpas a una persona homosexual que ofendió, sino que hay que pedir perdón a los pobres, a las mujeres que han sido explotadas, a los niños obligados a trabajar, pedir perdón por haber bendecido tantas armas”. Fue su respuesta cuando un periodista le preguntó si estaba de acuerdo con el cardenal alemán Reinhard Marx, para quien la Iglesia debe disculparse con los gays por haberlos marginado.

Antes, en el 2013, había pronunciado su ya célebre “¿Quién soy yo para juzgar?” en otro encuentro con medios. Aquí la cita en contexto: “Si una persona es gay y busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarlo? El catecismo de la Iglesia católica explica de forma muy bella esto. Dice que no se deben marginar a estas personas por eso. Hay que integrarlas a la sociedad”. Al respecto, en su libro ‘El nombre de Dios es Misericordia’ (2016), agregó: “(En esa ocasión) estaba parafraseando de memoria el Catecismo de la Iglesia católica, en donde se afirma que estas personas deben ser tratadas con delicadeza y no deben ser marginadas. Me alegra que hablemos sobre las personas homosexuales porque antes que nada viene la persona individual en su totalidad y dignidad. Y la gente no debe ser definida sólo por sus tendencias sexuales: no olvidemos que Dios ama a todas sus criaturas y que estamos destinados a recibir su amor infinito. Prefiero que los homosexuales acudan a la confesión, que estén cerca del Señor y que recemos todos juntos. Se les puede pedir que recen, mostrarles buena voluntad, mostrarles el camino y acompañarlos en el mismo”.





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